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IMÁGENES DEL 2 DE MAYO |
| Goya, el primer reportero bélico de la historia |
Goya recogió en su memoria escenas que nunca olvidaría. Sus pinturas sobre las fusilamientos y luchas sucedidos en 1808 son auténticas imágenes de guerra que han llegado hasta nuestro días |
PERSONAJES ILUSTRES DEL 2 DE MAYO |
| Antonio Alcalá Galiano |
Hijo de Dionisio Alcalá-Galiano, nació en Cádiz el 22 de julio de 1789. En su juventud se decantó por el naciente liberalismo, tomando parte activa en los ... |
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Especial II Centenario |
ontaban ya dos o tres meses mis amores, visitando al objeto de ellos en su propia casa con bastante frecuencia, cuando ocurrieron los grandes sucesos políticos, de la renuncia de Carlos IV, que algún efecto habían de tener en mi fortuna privada, como en la de casi todos los españoles. Atendía yo a ellos con doble solicitud, porque sentía empeño en el triunfo de ciertas doctrinas políticas, y porque esperaba adelantamientos personales. Por esto, con los afectos vivos de joven, tomé no leve parte de espectador conmovido. En esta calidad asistí a la entrada del ejército francés en Madrid, que se verificó en la tarde del 23 de marzo de 1808, presentando espectáculo singular verdaderamente. Hasta entonces, dondequiera que habían entrado aquellas tropas, habían sido recibidas con muestra de apasionado afecto, pues aún quienes las sospechaban de venir como enemigas del Gobierno las consideraban tales en calidad de aliadas del príncipe Fernando. En el día de su entrada en Madrid nada había desengañado de esta idea, y el general contento reinante, con ser subido y puro, declaraba no temerse peligros ni aun de parte de aquellos extranjeros.
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Vióselos, con todo, entrar con curiosidad y no con desabrimiento, pero con gusto tampoco. Admirábaselos; extrañábase en su infantería traer cubierta la cabeza con los llamados chacós, en vez de sombreros, la pequeñez de estatura de la mayor parte de los soldados, y cierta aparente falta de aliño en la formación y marcha; celebrábase en los cuerpos de caballería su diverso y lucido porte, y poníase la vista con atención y asombro en los mamelucos de la guardia imperial, con su traje de orientales, o, según la frase común, de moros, y con sus muchas armas, entre las que brillaba el corvo alfanje damasquino. En medio de esto no sonaba un viva o un murmullo de desaprobación, ni se advertía en los semblantes o ademanes indicio de placer o pena. Todo ello, sin embargo, denotaba mudanza, por haber cuando menos cesado la satisfacción causada por la venida de huéspedes tan notables. Bien podría decirse, siguiendo la atinada comparación o alegoría que poco antes he referido del artillero Sallajosa, que, libre ya España del catarro, cuando debía sentirse en cabal salud, se encontraba con un no sé qué interior, por donde se daba a temer la existencia de un mal más grave, sin que todavía hubiese certeza del daño oculto.
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